Mi experiencia como emprendedor: el arranque de mi empresa

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Mi experiencia como emprendedor: el arranque de mi empresa

En mi artículo anterior hablé sobre lo que me llevó a convertirme en emprendedor, cuando sólo tenía 24 años de edad.

Ahora le toca el turno a mi siguiente etapa al frente de un negocio propio, que podría responder a la pregunta de…

¿Cómo arrancamos la empresa?

Después de hacer nuestro somero estudio de mercado, llenos a rebosar de esa potente arma de doble filo llamada “ilusión”, lo primero que hicimos fue formalizar la sociedad y abrir una cuenta corriente en un banco, en el que trabajaba un amigo común, solicitando también un préstamo para los primeros gastos.

En primer lugar, teníamos que adaptar a un vehículo la estructura que había “diseñado” mi socio, para poder transportar de forma segura esos artículos delicados que serían el objeto de nuestro negocio.

Mi socio no era ingeniero, por lo que el auténtico diseño y la adaptación de la estructura al vehículo de transporte tuvo que hacerse en una ingeniería que estaba especializada en trabajos de este tipo.

Aquí voy a lanzar la primera piedra a mi propio tejado.

El préstamo que solicitamos al banco, que incluía la compra de un furgón totalmente nuevo, estaba fundamentado de forma mayoritaria sobre la mera confianza que depositaba nuestro amigo común (el empleado de banca) en el éxito de nuestro negocio, más que en cualquier aval que pudiéramos presentar. Aunque esto le parezca mentira a más de una persona que lea este artículo, tengo que decir que se trataba de otros tiempos: era el año 1990.

¿Por qué esta circunstancia podría derivar en algún inconveniente para nosotros?

Pues porque, en el caso de que el inicio del proyecto no hubiera dado el resultado que esperábamos, mi socio y yo hubiéramos quedado en muy mala situación ante cualquier entidad bancaria, cerrándonos las puertas para otras operaciones (aunque fueran de tipo personal) ya que no teníamos suficientes recursos financieros para cubrir el importe del préstamo que gastamos, simplemente, en el arranque de la empresa.

Pero tuvimos suerte y pudimos “pasar de pantalla”, de lo que al principio parecía casi como un juego para nosotros, un emocionante reto que superar.

Cuando tuvimos el vehículo terminado llegó una gran decepción: la manera en que mi socio había pensado que se debería trabajar con aquella máquina ¡no funcionaba!

La estructura principal se demostró totalmente operativa, pero no así el resto de los elementos que pensábamos que serían necesarios para realizar la manipulación de los artículos, ya que complicaban demasiado el trabajo y lo convertían en totalmente ineficaz.

¡Habíamos invertido un dinero -que no teníamos- para nada!

Esto fue lo que pensamos ante la aplastante evidencia, por lo que fue en ese momento cuando se nos hizo totalmente diáfano el riesgo que habíamos asumido de una forma bastante inconsciente.

Sin riesgo no hay éxito

Imagen de Jiří Rotrekl en Pixabay

Esta afirmación es totalmente cierta pero, como digo en otro artículo relacionado con este tema,

sólo se debe arriesgar aquello que nos podamos permitir perder.

Nosotros podíamos haber buscado otras formas  de financiación: aceptar socios capitalistas, solicitar subvenciones para empresas de nueva creación, aliarnos con otras empresas del sector que pudieran estar interesadas en nuestro proyecto…, en fin, podíamos haber pensado un poco más en todo lo negativo que podía pasar a la hora de iniciar el proyecto, pero no lo hicimos.

¡Tan convencidos estábamos de nuestro éxito!

La realidad nos dio un baño de consciencia, como un primer aviso de lo que podría ser emprender de forma temeraria, aunque en mi caso concreto parece que no me sirvió de aprendizaje, como se podrá ver en futuros artículos.

Siguiendo con mi relato, tengo que decir que  la desesperación avivó mi ingenio, descubriendo una manera de utilizar nuestro invento mucho más sencilla de la que había imaginado mi socio inicialmente.

Esto fue una suerte ya que nos permitiría realizar los servicios con mayor eficacia y rapidez, dos elementos muy importantes en el tipo de trabajo que íbamos a realizar.

Una vez solucionado este problema,  nos embarcamos en la “aventura” de escoger una imagen corporativa adecuada, para identificarnos de forma especializada dentro del sector del transporte. Para ello, contratamos a un creativo profesional, conocido de mi socio, que hizo un trabajo cuya mayor parte constituyó  nuestra imagen a lo largo de los 20 años de existencia de la empresa. Este fue uno de nuestros mayores aciertos en el proyecto.

Ahora ya estábamos listos para dar el siguiente paso.

¡A por los clientes!

Habíamos pensado que estos serían, básicamente, los propietarios del objeto de nuestro negocio, así como los establecimientos de compra-venta y reparación de los artículos a los que nos íbamos a dedicar, que eran también el nexo de unión con los propietarios de dichos artículos.

Los clientes particulares, directamente, eran más difíciles de obtener, ya que nuestra empresa era de nueva creación, pero los establecimientos eran lugares abiertos al público que se podían visitar libremente, cosa que hice con todos los existentes en la ciudad de Barcelona, en la fase inicial.

Esta labor comercial la realicé yo en exclusiva, mientras mi socio continuaba con su actividad profesional habitual, al no tener aún servicios que realizar en nuestra empresa. La explicación es que él era padre de familia, y yo aún no.

Mi trabajo dio sus frutos y, hacia el verano del primer año de funcionamiento, ya realizamos los primeros servicios, corriéndose la voz entre los profesionales del sector de la excelencia de nuestra manera de trabajar. No se trata de ninguna exageración, nuestra calidad fue reconocida a nivel general y comenzamos a tener gran cantidad de trabajo, cobrando por los servicios unos precios que nos parecían ajustados a la realidad.

Pero este último aspecto no era del todo cierto, ya que nuestras tarifas nunca nos permitieron contar con todo el personal necesario para cubrir nuestros servicios en un horario permanente (24 horas al día, 365 días al año) tal y como ofrecíamos.

¿Solución o «huida hacia delante»?

No siempre el hecho de ser resolutivos es lo mejor ya que, el obtener una aparente «solución» al problema, no nos permite ser conscientes de lo incoherente que puede ser el perpetuar una situación que no debería haberse dado desde un principio.

Ante esta cruda realidad de la falta de recursos necesarios, llegamos a la misma conclusión que otros muchos emprendedores han llegado en situaciones similares: los socios haríamos los turnos que no podíamos permitirnos pagar a otros empleados.

¡Y aquí llegamos a uno de los grandes fracasos de nuestro negocio!

Imagen de Лечение наркомании en Pixabay

A mi modo de ver, “emprendimiento” no tiene que ser sinónimo de “esclavitud”, y en mi caso llegó a significar lo mismo.

Estoy de acuerdo en que los inicios de una empresa propia requieren de esfuerzos extraordinarios, de una mayor presencia en el negocio de la que sería habitual en una empresa consolidada y de sacrificios que no realizarán casi nunca los empleados por cuenta ajena. Esto lo tenía claro antes de empezar el proyecto pero, como ya dije en el capítulo anterior, sólo para los dos o tres primeros años, de lo contrario…

¿de qué sirve tener una empresa propia, si tienes que ser un auténtico esclavo de ella toda  vida?

Inicialmente, mi socio y yo trabajábamos 11 horas al día, continuando “de guardia” por las noches, los fines de semana y festivos de manera quincenal: una semana él y otra yo. Pero, adelantándome un poco en el tiempo, quiero decir que lo malo es que esto no ocurrió solamente al principio, sino que cuando empezamos a tener empleados -que también realizaban guardias-, él y yo seguíamos “de retén” en semanas alternas, para cubrir posibles bajas u otras incidencias de los empleados que estuvieran de guardia.

Esto significaba que nuestra vida familiar y social se vio casi permanentemente hipotecada por la empresa, con las lógicas consecuencias que ello nos causó, sobre todo en mi caso particular.

Uno de los mayores aprendizajes que he obtenido de esta experiencia es que hay ciertas cosas importantes que los emprendedores no podemos pasar por alto, es lo que yo llamo las 4 claves para emprender con seguridad, y una de ellas es que debemos preservar nuestras relaciones personales, familiares y afectivas por encima de todo, porque estas son las que le dan auténtico sentido a nuestra vida, y muchas satisfacciones.

¿Está justificado tener un negocio propio, si es a costa de sacrificar nuestras relaciones con amigos, familia, pareja, hijos, etc?

Está claro que los inicios son muy absorbentes pero, aún así, deberíamos cuidar mínimamente de esas relaciones y, sobre todo, debemos crear nuestras empresas con un planteamiento de inicio que nos permita el crecimiento  estructural necesario para que, al cabo de dos o tres años, podamos empezar a recuperar la mayor parte de esa “normalidad” personal y afectiva.

Si no podemos comenzar con unos precios y unas condiciones que nos faciliten ese crecimiento, después de mi experiencia al respecto tengo que decir, sinceramente, que no vale en absoluto la pena iniciar un proyecto de este tipo.

En lo que a mí respecta, durante los tres primeros años del negocio llegué a desconectarme de todas mis amistades, sin excepción.

Con mi pareja tuve más suerte, porque ella trabajaba en el sector sanitario y también tenía turnos de trabajo especiales, pudiendo combinar nuestros horarios al principio para tener cierta vida conyugal… hasta el momento en que decidimos ser padres; pero eso forma parte del siguiente artículo de esta historia.

Imagen principal de Domenic Hoffmann, en Pixabay.

Imágenes libres de derechos. Fuente: Pixabay.


 

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